Odio
Marta García

No le alcanzaban las palabras para odiar. Así que las mató de hambre. Y nunca más le dirigió la palabra a las palabras. Tenía diecinueve años. Y desde los tres se desconectó tanto del lenguaje articulado como del desarticulado. Podía hablar pero también podía no hacerlo. Y se bañó de un silencio espeso y gomoso como un fondant de torta de los años sesenta, ese que se te pegaba igual que un chirlo. Le gustaba embarrarse y desgarrar su ropa no como acto de rebeldía sino como un modo de descargar el desprecio que acumulaba en sus vísceras. Cedimos ante la mugre y dejamos supurar la rabia.
Con gestos lunáticos y lacerados pudo expresar la ira que le provocaban los flanes con vainillas aguachentas, la salsa golf que aparecía en los momentos hogareños sin palmitos, el tener que comer ñoquis lejos del grupo familiar cuando hacían arvejas; las odiaba tanto como las risas que venían de la cocina sin temer crueldades.
Cuando le abrió a su madre la frente con el frasco de mostaza que le tiró porque tenía costras secas en el borde, decidimos llevarla a un lugar sin aderezos ni frascos. La terapia duró lo que dura en caer un teléfono fijo arrojado desde un tercer piso. Y en una época acéfala de celulares ya no pudimos llamar más a la terapeuta sin fijo y con miedo a terminar igual que su teléfono entel. Solo se llevaba bien con los cascarudos.
-¿Cómo amaneció hoy la Male...?
-Abrió en el patio una clínica para cascarudos. Mirala...
En la casa de mi amiga todo estaba pidiendo pensión por invalidez. Las paredes, los libros, las cortinas, los platos, las frentes, el perro, la paciencia... el amor que se quedaba sin oxígeno. Solo estaban intactas las ganas de que se fuera de la mesa familiar, de que no rompiera los frascos de mostaza contra los huesos frontales maternos, de comer legumbres sin coacción, de querer no quererla más, de odiarla a escondidas de la culpa. No queríamos vernos convirtiéndonos en ella. Pero para odiar hay que tener templanza. Y no logramos ser ella. A mi auto le pinchaba los neumáticos con una trincheta mirándome con una sonrisa de cuchitril sin agua potable. A través de esos gestos típicos de alegría mal habida daba a entender que me iba a estrangular si la hacía feliz a su madre.
- Qué tranquila y feliz se la ve hoy...
- Recién le clavó un tenedor en la pata al perro porque le pisó uno... se lo llevaron al veterinario con el tenedor todavía clavado. ¡No te le acerqués! No aparece por ningún lado la cuchilla del pan...
Esa noche estábamos jugando a dígalo con mímica como una forma tonta de hacer el menor ruido posible y no despertar su aborrecimiento. El disparo sonó como un auto que arranca por fin y se cae por un acantilado que no lo esperaba. Había dejado sobre la cama una palabra escrita con partes de cascarudos muertos, esos que no pudo salvar en su clínica atroz llena de tenedores y cuchillos para el pan: "Muéranse". Un mensaje para nosotras. Ese disparo fue el único y el último sonido que nos dijo en su vida. Un acto de amor puesto al revés, con las costuras expuestas y la etiqueta colgando de un hilito.
Hoy hubiese cumplido treinta años. Y, de haber sido así, nosotras estaríamos muertas.
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Comentarios:
- Luis Eliseo Altamira: Esto está muy bien...
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