El Ángel de la Plaza

(Al ángel de la guarda, esa hermosa metáfora que mi vieja me enseñó. A aquel ángel de la guarda de una mañana de Buenos Aires en 1995)

Arturo Jaimez Lucchetta

Foto: EFE
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El amanecer lo tranquilizó. El temor ya era una anécdota que sólo se le cruzó por la cabeza cuando lo peor había pasado. Fueron muchos los que le auguraron una segura paliza si caminaba de madrugada por las calles de Buenos Aires.

En las marquesinas del Teatro Ópera brillaba la foto de un Silvio Rodríguez algo más viejo que el de las tapas de los discos de su prima. Sencillo y abrazado a su guitarra, el cubano era sorprendido por el flash, mientras tocaba en un concierto de hace un par de años.

Flamante universitario, el pibe Liprandi se había aventurado en un colectivo de compras que salía desde la plaza del oso, en el centro de Córdoba con destino a Plaza Miserere del barrio de Once. Estaba convencido que tal vez esa fuera la última vez que el más grande de los trovadores comunistas se presentara en Argentina.

Corrían tiempos duros para los estudiantes, la ley de Educación del Banco Mundial amenazaba con cagarse en la Reforma Universitaria y arancelar definitivamente la educación pública. Si los tecnócratas del poder se habían podido meter en los claustros, seguro que también podrían intervenir la cultura y las demás libertades.

Algo de eso pensaba mientras descubría que la ventanilla del teatro estaba cerrada y que iba a tener que hacer tiempo hasta las diez de la mañana. No había reparado en que la ciudad de Buenos Aires, se despierta mucho más tarde que los laburantes del Conurbano, sobre todo para la venta de boletos de un recital en la calle Corrientes.

El micro lo había dejado en Rivadavia y Jujuy, al frente de la mítica Perla del Once donde Tanguito escribió los primeros versos de "La Balsa". Desde allí bajó hasta el Congreso de la Nación, atravesó la plaza de los Dos Congresos, encaró por avenida de Mayo hasta la 9 de Julio y después bajó por la avenida más ancha del mundo usando al obelisco, como brújula implacable. Se sorprendía de lo fácil que había memorizado el plano que su compañero de butaca en el colectivo, le había hecho en el dorso del pasaje. El tipo era amable, tenía voz de locutor y tonada porteña. Habían charlado un rato, hasta que les bajó sueño. Ducho en eso de cruzar la ruta 9, el hombre lo alertó de que no debía dormirse porque corría el riesgo de despertarse en la próxima parada y tener que bancarse despierto las ocho horas restantes del viaje: "En Villa María el bondi para 15 minutos para levantar pasajeros y prenden todas las luces", le advirtió.

La caminata se había hecho un poco larga. Recordaba y se arrepentía de no haber ido a aquella marcha multitudinaria que sus compañeros organizaron el año pasado. Lo habían reprobado en el examen de ingreso y su madre le tiró una verdad matadora para abortarle la partida: "Primero entrá a la facultad y después cambiá la historia desde adentro". No se lo había perdonado hasta ahora. Esta vez fue ella, "la Vieja", la única que lo había empujado a subirse al ómnibus, quizá como un premio al ocho, que le había dado la revancha, para entrar a Medicina.

-Hola pibe- escuchó y no se hizo cargo. Pensó que no debía quedarse quieto en un lugar poniendo a riesgo los pocos pesos que tenía para la entrada y para comer un sánguche antes del regreso. No le alcanzaba para un café en un bar y prefirió aprovechar el tiempo para conocer un poco la metrópolis.

-¿Que artista, no?- Insistió desde atrás una voz de tabaco y alcohol.

-Es el mejor- respondió Liprandi, contraviniendo la primera regla del cabecita negra debutante en la capital. Sabía que no era bueno andar charlando con extraños en Buenos Aires, pero no tenía cara para no responder ante un saludo o un elogio a su ídolo. Igual la señora parecía inofensiva. Todos los reos son amables y simpáticos, pensó; sin embargo no se animó a cortarle la conversación.

Al cruzar un par de párrafos que involucraban la obra del cantautor, no pudo negar su origen. La tonada cordobesa desbarataría cualquier intento de mentira.

-¿Es la primera vez que venís a Buenos Aires?- Le preguntó, aunque la respuesta fuera obvia. La cara de los provincianos que descubren la urbe es única.

-Sí, vine a ver a Silvio- Respondió el pibe volviendo a contradecir a su padre que estaba furioso por el viaje: "No le des bola a nadie, boludo. Te van a coger de parado los porteños", le decía el Viejo entre la bronca por la desobediencia y el orgullo por la rebeldía. Tal vez los padres del futuro doctor Leprandi también tuvieron sueños e ideales. Quizá por eso y por los temores de los sobrevivientes, les daba pavor que el pibe se metiera en política.

Este viaje no era una aventura. Este viaje era otra manifestación militante. Él nunca se había copado con ir a ver a los grupos del pop moderno con sus compañeros de la secundaria. Por qué se le había ocurrido ir a este recital a casi 800 kilómetros de su casa. Por qué no Roxette en el Chateau. Por qué no La Mona Jiménez en el Sargento o en La Cueva, que estaban a la vuelta de la esquina.

¿Por qué sí Silvio Rodríguez?

Porque Silvio era el gran protagonista de los fogones de filosofía y de los plenarios con los compañeros de la agrupación. Sus canciones eran himnos en la voz de Matías o cualquiera de los otros que le hacían a la viola con un poco menos de talento y sentido del oído.

-Nene la boletería abre en un par de horas ¿Querés que te acompañe a conocer Plaza de Mayo?- Preguntó la doña.

Él estaba seguro de que debía despreciar la invitación, pero no pudo. Los que conocen al Negrito Liprandi saben que para él la palabra "no" debiera ser erradicada del castellano y del esperanto.

-¿Queda muy lejos?

-En Buenos Aires todo es un tirón. Quince minutos más o menos.

Pudo haberse excusado por el cansancio del viaje, por la caminata más de treinta cuadras desde Plaza Miserere hasta el Obelisco, sin embargo aceptó.

Salieron por Corrientes con dirección al bajo. Corrientes y Esmeralda, recordó la canción de Los Twist: "Pensé que se trataba de cieguitos". Lo reconfortó que, en su pequeño inventario cultural, apareciera la realidad que estaba transcurriendo. Iban en silencio. Él miraba cada zaguán con desconfianza, como esperando en qué momento los compinches de la vieja lo sorprendieran con la paliza pronosticada.

Se culpaba por desconfiar, pero entendía las precauciones que le habían indicado sus familiares y amigos. Le parecía horrible que la figura desalineada de la señora, que su piel tostada y curtida, que sus harapos mugrientos fueran un agravante. Iba contra todo lo que sentía y militaba, pero era inevitable.

Respiró un poco más aliviado cuando doblaron por diagonal norte. Maipú es una callejuela angosta con veredas finas, la altura de las casas y edificios de estilo europeo, no te dejan ver el cielo. Esa penumbra lo había perturbado, pero Roque Sáenz Peña es anchísima, los colectivos pasan a cada rato y la gente camina de un lado para el otro, como un monstruo de mil cabezas. La multitud le dio seguridad. En ese loquero a nadie se le ocurriría patotear a nadie.

La señora caminaba despacio, a contrapelo del vértigo imperante. Él la acompañaba en el ritmo acortando el tranco. Había empezado a disfrutar de la visita guiada, aunque guardaba un rescoldo de desconfianza. Miraba a la vieja con la cola del ojo izquierdo. Como le habían enseñado caminaba por el lado de la calle. Iba por ahí porque sabía que era de caballero protector, pero también de "cabeza" prevenido. Ir por el lado de la pared era blanco más fácil para los hampones que podían esperarlo para el arrebato.

-Esta es la Plaza del Pueblo- dijo la vieja, desplegó el brazo derecho y apuntó para el lado de la casa de gobierno. Él suspiró con un dejo de desilusión. Había visto la Casa Rosada en documentales blanco y negro. En los intervalos del cine, en los programas de historia. En Sucesos Argentinos. Lo había visto a Perón en sus balcones hablándole a la multitud. Había escuchado a Evita dejar girones de su vida y su garganta. Se le venía a la nostalgia esa voz inconfundible, le pareció que había algo en común entre ese tono agudo de los discursos de la jefa espiritual y las canciones de Silvio. Como si esa vocecita al borde del abismo del cantautor, hiciera equilibrio en el andamio del "Volveré y seré Millones".

Esa casita que veía a quinientos metros, tapada por la pirámide, camuflada entre vallados y policías de la federal. Ese rosa posmoderno y artificial, ese balcón vacío y despolitizado, no era lo que esperaba. Volvió a pensar que si hubiese venido a la marcha de los compañeros contra la ley de educación superior, la cosa sería distinta. Una plaza vestida de pueblo, le hubiera dado otra escenografía a su arquitectura.

-Ese es el Cabildo, pibe. El de Moreno y Castelli, el de Vieytes y Belgrano el de French y Beruti, el de los patriotas de Mayo y también el de los traidores. Ella declamaba como si supiera de lo que hablaba y el muchacho sonrió por dentro pensando que tal vez ella había estado en la plaza, aquel 25. No era tan vieja, pero para ella los años habían sido más largos en sufrimientos que en alegrías.

Liprandi se sentía cada vez mejor. Ese revisionismo histórico de su acompañante, estaba más cerca de lo que él pensaba, que de los libros de la secundaria o el manual Estrada. Hubiese pagado para que Jorge Sánchez la escuchara y aprendiera. Liprandi guardaba un amargo rencor con el profesor de historia de quinto año que lo había mandado a rendir por disidente, no por ignorante. Le repugnaba y lo hacía sentir indigno que haya tenido que transar y escribir la historia de Sánchez, para no llevarse la materia a marzo.

-Mirá nene- La señora hizo un golpe de vista hacia la izquierda y señaló la Catedral- ¿Sabés quién está ahí?- preguntó con firmeza.

-San Martín- respondió Liprandi haciendo gala de sus conocimientos.

-No pibe, San Martín está acá- susurró la doña señalándose el corazón, con un dejo de solemnidad- Ahí a lo sumo pueden estar sus huesos. Acá están los hijos de puta que bendijeron las armas del genocidio- aclaró y la tristeza le nubló la bronca.

- Esta es la plaza del pueblo, de la Revolución de Mayo, del 17 de octubre. Esta es nuestra plaza, aunque durante mucho tiempo nos la robaron y la condenaron al desnudo. Esta es nuestra plaza, aunque alguna vez la hayan llenado de inconscientes que festejaban por Malvinas- La señora bajaba línea y Liprandi la escuchaba. Ya no le tenía miedo, ya no había zaguanes ni posibles compinches. A esta hora solo temía que la vieja se callara o que se quedara sin entradas para el concierto. En ese orden, porque si el paseo seguía y la clase continuaba, estaba dispuesto a escucharla todo el día.

Ella hablaba, él no interrumpía salvo para asentir. Conocía casi todo lo que ella decía, pero había algo en su voz que le daba otro rigor al relato. Recordaba que su madre le había contado muchas historias parecidas y eso la hacía más cercana. Caminaban por el centro de la Plaza y al pasar por la pirámide tuvo un deja vu. Hicieron una "ese" que unió al ministerio de economía con la puerta de calle Balcarce, pasaron por el frente de la Casa Rosada esquivando el cerco y puteando a los milicos. Bah, a los agentes de la Federal que la ligaron por portación de pasado y uniforme. Llegaron al otro extremo donde a lo lejos se veía el edificio de telecomunicaciones y se arrimaron al monumento de Cristóbal Colón.

-Estos fueron los primeros genocidas- Exclamó apuntando al genovés con las falanges deformadas del índice derecho. Después volvió a llevar para la plaza y a la altura de la pirámide, levantó la cabeza para mirar al joven y sentenciar su última verdad:

-Esta es nuestra plaza pibe. Acá venimos todos los jueves. Lluevan vigas o balas. De acá no nos saca nadie, hasta que nuestros hijos triunfen, hasta que nuestros nietos vuelvan.


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Comentarios:

- Pol B: Que placer leer al gran Arturo Jaimez Luchetta. Lo mejor de todo, es que mí cabeza lo escucha , cuando leo el artículo. Es que su voz, está impregnada de Radio y la radio en mis odios. Excelente, nostálgica, emocionante. Un placer de lectura. Saludos Doctor y felicitaciones Tierra Media por el contenido de calidad.

- El Félix de Río Gallegos: La emoción que me provoca el relato de mi amigo Arturo, logra la maravilla de haberme hecho sentir ser ese pibe, y caminar junto a aquella vieja maravillosa, bellísima de tanta dignidad.

Desde el 95 viene esta historia, sus pies de fuego ya no están en la Plaza, y las vigas siguen cayendo. Pero aún así, y a pesar de los traidores, tomaremos el cielo por asalto.

Abrazo querido, hermano Arturo Jaimez Lucchetta.

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