Cuentos de verano
La Siesta
Paula Arancibia Bravo

Era nuestro cuarto verano juntas. Mi marido también visitaba a sus padres en el mismo pueblo que yo y se llevaba a nuestro hijo mayor con él. A mí me tocaba quedarme con la menor.
Los días se parecían bastante entre sí. Nos levantábamos temprano con mi madre a desayunar frescas bajo la parra, hablábamos de lo que haríamos durante el día hasta que llegaba la chica que limpiaba, Amalia, que a veces hacía jugar a mi hija Juana.
Pasábamos las mañanas cortando fruta para preparar dulces, bordando, o tejiendo al crochet, a veces mi madre me pedía que le tiña las raíces, le haga los rulos o juntas nos hacíamos los pies y las manos.
Juana se levantaba cerca del mediodía, mi madre no dejaba que duerma hasta tarde: "Si duerme mucho después no duerme la siesta y se queda dando vueltas" me retaba.
Cada verano el calor era peor, y al mediodía ya era imposible estar afuera. Está bien, este pueblo desierto no ofrecía muchas opciones, pero Juana siempre fué de moverse mucho, entre el calor y la vigilancia de mi madre la pobre pasaba mucho tiempo sola dentro de la casa, acá, con dos viejas como nosotras que entre las actividades hablábamos de los chismes del pueblo: que los Zapata andaban en algo con el intendente, que los hijos de Don Pancho vivían borrachos y se juntaban con mi hermano menor. Que a mi padre no le importaba nada y que andaba cada vez más solo en nuestras huertas, pero que cada semana la producción era mayor. Abastecíamos a varios almacenes del pueblo, nuestra salsa de tomate era la mejor de la zona: "Doña catalina" era nuestra marca, Catalina mi madre.
Desde que llegamos esa vez, el 20 de diciembre de 1994, Juana no dejaba de amanecer con dolores en las piernas, tenía piernas largas y muy flacas, era ágil. El ritual de las mañanas apenas se despertaba era masajearle las piernas con aceite "Esmeralda", aunque a ella no le gustaba el olor, luego le daba unas aspirinetas y se sentaba a desayunar.
"Juana no come", le comenté a su padre cuando la fue a buscar una tarde para llevarla con sus primos. Él me prometió que haría lo posible por hacerla comer, no le creí, sabía muy bien que él a la hora de comer prefería ver la televisión, apenas siquiera si les cortaba la carne.
A veces íbamos con Juana a hacer compras por el pueblo, le encantaba salir, se adelantaba corriendo, iba y volvía, yo le miraba las piernas, parecía que se le iban a quebrar, a veces rezaba para que deje de sufrir esos dolores. Una noche sus dolores fueron insoportables, a la mañana siguiente la llevé al hospital del pueblo:"está creciendo" me dijo el médico "se le están estirando los huesos" así que eso le dije para tranquilizarla. "Crecer duele" también le dije casi sin pensar, me miró fijo un rato y se quedó en silencio.
A la tarde cuando bajaba el sol, mi padre iba a las huertas, con su carretilla y las herramientas, empecé a decirle que se lleve a Juana, con mi madre también necesitábamos hablar sobre los problemas familiares a solas; mi relación con Salvador mi marido, la de ella con mi padre, lo que mi hermano menor hacía de noche y no contaba a nadie.
Juana volvía contenta y comiendo fruta, a mi padre también le hacía bien que alguien escuche sus historias, esas que mi hermano y yo ya nos sabemos de memoria. Como esa mañana que Juana en el desayuno me contó sobre las constelaciones, las tres Marías y la osa del sur. La noche anterior había dormido en el patio con su abuelo, hacía tanto calor que mi viejo armó la cama afuera, la rodeó de espirales y se acostaron con Juana a mirar las estrellas. "Las estrellas son como ventanitas de una caja, me imagino que hay personas mirándonos por todos esos agujeritos". No sé si fué maravilloso su pensamiento ó yo estaba a punto de indisponerme, pero se me llenaron los ojos de lágrimas, le acaricié el pelo y miré hacia otro lado, esa mañana se comió las tres tostadas con dulce y terminó el té. La ví diferente.
Almorzamos todos juntos ese mediodía. Con 40° grados de calor, a mi madre se le había ocurrido hacer sopa. A veces me ponía a pensar que ella descargaba todas sus disconformidades con nosotros y con la comida. Intenté decirle que no estaba para puchero y sopa pero no me hizo caso. Mi hermano menor se levantó de dormir justo antes de que la mesa esté servida, mi padre había pasado toda la mañana afuera, Juana estaba bien hasta que vió el plato de sopa. No quiso nada, mi madre montó una escena que no pude manejar, le gritó y ella se fué llorando a la pieza.
Cuando terminamos de comer fui a verla, estaba boca abajo, no me contestó a nada de lo que le pregunté, me dió la sensación de que estaba dormida. Nos despertamos de la siesta cerca de las cuatro, Juana tenía los ojos hinchados, había estado llorando. Le propuse un baño con espuma y la ropa que quisiera, esa tarde
iríamos a dar una vuelta nosotras solas.
Tomamos el té de las 5, los 40° grados todavía acechaban. Estábamos las tres: Catalina, Juana y yo sentadas en las sillas de mimbre bajo la parra, las tazas humeantes, no decíamos ni una palabra. Amalia regaba las plantas a lo lejos. Juana revolvía el té para que se enfríe, soplaba y no levantaba la mirada. Yo ya le había pedido el auto a mi padre, después del té nos iríamos con Juana a pasear. Estábamos lindas las dos, yo me puse la remera tejida al crochet que había terminado hacía unos días. Fuimos hasta la terminal del pueblo vecino, en el kiosco compramos golosinas de muchos colores, puse la radio y le dije que iríamos al río. Hice unos kilómetros más y llegamos a una zona donde no había nadie. En esa parte el río está calmo, y el agua estancada crea la ilusión de un espejo perfecto. Hacía mucho tiempo que no iba a esa parte del río, quedé muda ante el escandaloso paisaje. Nos sentamos en una piedra, detrás de la montaña que bordeaba el río se veía el monte, enorme, salvaje, empezamos a hablar de lo que podría haber allá: animales, muchos insectos, otro civilización y esa idea le encantó: "ellos nos deben mirar como bichos raros a nosotros" me dijo. Nos pusimos a hablar del planeta y de cómo nacían los ríos. "Entonces si los ríos se fueron metiendo en la tierra lastimaron a las montañas" dijo. ¿cómo hacía yo para aguantar esas palabras suyas? Pensé en los ríos como heridas.
Al otro día almorzamos en paz, yo me tomé unas copas de vino para acompañar a mi padre, en pleno postre alguien golpeó las manos, atendió mi hermano y volvió con un bulto al hombro. Don Oviedo había mandado un cabrito por los dulces y las salsas de tomate que le dejamos la otra vez. Luego de la sobremesa, Juana fué al baño, tardó un rato, cosas de chicos pensé y se acostó a dormir la siesta en la cama que sobraba en mi cuarto, la ví mientras se me cerraban los ojos, estaba quieta boca abajo como suele dormir.
Me despertó violentamente mi madre, no entendía bien qué pasaba, sólo escuchaba: "no sé dónde se metió Juana" me decía a los gritos y me sacudía. No la encontrábamos, buscamos por toda la casa, llamé a lo de mi suegra, donde estaba Salvador, me dijo que allá tampoco estaba, empezamos a llamar a todos los amigos, a todos los parientes. Los primos salieron a buscarla en las bicicletas, nosotros en autos, mi otro hijo empezó a llorar, lo abracé fuerte y le prometí que la encontraríamos, mi marido llegó agitado, me hacía preguntas y el cigarrillo se le consumía en los dedos,
"pero no sabes nada mujer" me dijo mientras se alejaba y se prendía otro. Mis padres se subieron a la camioneta, empezaron a recorrer las huertas.
Dimos aviso a la policía, empezaron las patrullas y los perros, un escándalo. Volví con mi madre alrededor de las 2 de la mañana, exhausta de tanto caminar. Mi madre me ayudó a bañarme, yo no dejaba de llorar, pensaba en su pelo, en la última ropa que llevaba puesta, en dónde estaría. Esa noche me hospitalizaron, oí entre mis gritos que mi padre lloraba en la cocina, mi hermano seguía afuera buscándola. Fue a casa el Dr. Ovejero, me doparon y me llevaron al hospital. Al otro día ví que mi madre estaba dormida con la cabeza sobre mi cama, en mi almohada había rastros de sangre, me contó que me mordí la lengua esa noche en un ataque de nervios, que no podían tranquilizarme.
Pasaron muchos días sin que nadie venga a verme, excepto mi familia que me iba actualizando sobre las novedades de la búsqueda de Juana: no había rastros. El verano siguió su curso, lo que quedó de él lo pasé encerrada en la casa de mi madre, sin salir. El día que Salvador emprendió el regreso a la ciudad con nuestro hijo, los saludé apenas con un beso en el cachete a cada uno, les dije que mamá estaría bien con la abuela, que nos volveríamos a ver pronto cuando encuentre a Juana. Salvador pasó su mano por mi pelo y me dió un beso en la frente. Se subieron al auto. Desde la vereda apenas moví la mano para saludarlos y volví a entrar.
Pasaba el tiempo y los días se parecían bastante entre sí, me despertaba cerca del mediodía, mi madre me daba masajes en el pecho, me servía los antidepresivos, la hacía renegar para comer, me iba a llorar a la pieza sola y Amalia a veces me entretenía un poco. Iba por las tardes a la huerta con mi viejo, volví a escuchar todas sus historias y empecé a escribirlas en un cuaderno Rivadavia liso, al costado de cada uno hacía un dibujo que pintaba con acuarela.
A veces a la noche me acostaba con él en el patio y mirábamos las estrellas. Me acordaba de Juana, todo el día, todo el tiempo.
No me dejaban sola casi nunca, mi estabilidad emocional era un subi baja. Un día regando las plantas con Amalia me quedé observando un hormiguero, pensé en esa organización que tenían para trabajar, recordé la civilización detrás de la montaña, y el río espejo.
Decidí buscarla.
Esa mañana desayuné sin que me retaran, comí las tres tostadas con dulce, almorzamos en paz, cuando nadie podía oírme, en plena siesta busqué el aceite Esmeralda, salí despacito por la puerta del fondo, me hice chiquita y pasé por el alambre, nadie me vió porque a la siesta en este pueblo desierto de mierda nadie ve nada. Me fuí al monte, a la montaña que está frente al río espejo, ahí donde Juana decía que había otra civilización, sé que está ahí mirándome como a un bicho raro, sé que está ahí.
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