Bienvenido al barrio

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Estamos en el siglo de las Comunicaciones, qué duda cabe.

Aunque por momentos pueda parecer ficción del siglo pasado cuando mirábamos por televisión la serie Viaje a las Estrellas, desde su casa, su automóvil, bicicleta, sentado en su sillón favorito, de pie, en un andamio, desde un avión en vuelo, o trepado a un árbol como hace dos millones de años, más del noventa por ciento (90%) de los habitantes del planeta Tierra puede comunicarse entre sí en apenas unos segundos (no importa en qué parte del mundo estén el emisor o el receptor) para conocer, por ejemplo, qué está desayunando, cómo está el día, si el niño ya camina, desearle feliz cumpleaños, o preguntar quién convirtió el último gol.

Esta apabullante realidad tecnológica que ha llegado a la vida del ser humano para quedarse y ser desarrollada aún más todavía – como el caso de la Inteligencia Artificial - ha provocado en la humanidad un shock y un estado de fascinación tan grande e inesperado que su influencia ha cambiado los hábitos de la especie convirtiendo su vida en comunicación y su comunicación en dependencia.

En este Siglo XXI, comunicarse en apenas unos segundos no es una novedad ni una moda ni un privilegio, es, por el contrario, un ejercicio habitual incorporado por los pueblos a su propia cultura, incluso, por encima del hábito de salir a caminar o el de cepillarse los dientes. Y buena parte de su poder de influencia sobre las personas reside en que es direccionado desde lo doméstico.

Hoy, no se comunica el que no quiere.

La vida vive al amparo del Wi-Fi.

Internet, luego existo.

Y la realidad es, antes que viva, virtual.

Esta nueva concepción nacida hace apenas unos años y que parece sólo un servicio propio del nuevo siglo es, en realidad, un hito comparable sólo a la invención de la rueda o el arado, aunque, hay que asumirlo, excepto puesta al servicio de la educación, la ciencia, o las emergencias, está generando en el individuo una sucesión de daños colaterales por el encantamiento que provoca su ejercicio no obstante la distorsión de la realidad. En algunos lugares hasta ha emborrachado a la gente.

El sistema, la velocidad, y la fascinación que produce, otorgan impunidad a la distorsión y credibilidad al mensaje aunque sea una mentira.

Nadie en el mundo estaba preparado para esto.

Tal vez por ello, la mayoría de las personas prioriza la rapidez, el entretenimiento, y la comodidad de la comunicación por sobre la superficialidad del contenido. Aun así, prueba del grado de injerencia en la sociedad es que el valor monetario y la marca del instrumento para comunicarse otorgan al individuo un cierto status y hasta pertenencia a determinada clase social, tal como en otras épocas de la historia lo fueron el caballo, el escudo de armas, la vestimenta, el calzado, la espada, o la brutalidad.

Desde hace 30 años, se estima que de manera fehaciente e ininterrumpida, una persona incorpora Internet a su vida a los diez años de edad.

Mientras esto sucede, hay minorías que para su conveniencia digitan la realidad de la mayoría sin que la mayoría lo advierta. Y si lo advierte no le importa porque lo que más le importa es la tecnología, su velocidad de comunicación, su comodidad, y el entretenimiento.

Tan determinante es su influencia sobre las personas, que el hombre ha trasladado esa velocidad a su propia vida desafiando incluso la ley de la física que advierte la relación: a mayor velocidad, menor precisión. En consecuencia, los analfabetos de este Siglo XXI no son aquellos que no saben leer ni escribir o están vacíos de conocimientos sino quienes no saben en qué sitio de la Web deben buscar la información que necesitan. Y si la información que necesitan no está en la Web, es porque, para ellos, no existe. En cuanto a las personas formadas, no son aquellas que se asientan sobre la base de sus conocimientos sino en función de sus capacidades para conocer lo que precisa a cada momento.

Este pragmatismo, entre comillas, es una de las tantas distorsiones propias de la noticia que más me ha impactado: el nacimiento del Homo cursor que corre más rápido que el Homo sapiens. Y aunque el Cursor no sepa ni le importe a dónde va, no deja de correr porque correr está en su base de datos. Tiene comunicación veloz, pero carece de valores que comunicar. Por derivación entonces y en consecuencia, esta es una de las tantas vergüenzas que nos quedan por las libertades que continúan faltándonos.

Para mejorar su vida y desestimar o al menos demorar la a veces inevitable salida bélica de algunos conflictos irreconciliables, las sociedades necesitan individuos con todo tipo de habilidades y no sólo las cognitivas; también necesitan las emocionales y las afectivas porque una sociedad no puede desarrollarse sobre una base de datos, solamente.

El ser humano no es una cosa.

Tampoco es una estadística.

"El analfabeto del mañana será el hombre que no aprendió a aprender", dijo en el Siglo XX Herbert Gerjuoy, y la realidad está probando que no se equivocó.

En su libro La Tercera ola, Alvin Toffler introduce el concepto de ola para englobar todas las consecuencias biológicas, psicológicas, sociales y económicas que se derivan de cada una de las civilizaciones.

Sostiene que, por ejemplo, "La primera ola es la revolución agrícola basada en el autoabastecimiento que originó toda una ola de consecuencias culturales y duró miles de años".

La segunda ola, dice Toffler, "Es la revolución industrial que separó al productor del consumidor. Y sus consecuencias culturales son la Uniformización, la Especialización, la Sincronización, la Concentración, la Maximización, y la Centralización. El poder en esta segunda ola es ostentado por los llamados Integradores, que son aquellos que se ocupan de coordinar y optimizar los procesos de producción. De esta manera surgen en forma natural la Burocracia y las Corporaciones"

Y a la tercera ola, Toffler la definió como "La sociedad post-industrial que dará lugar a la Era de la Información".

Los llamados por Toffler como Integradores – intermediarios o valijeros, diría yo - son quienes desde el poder de la Burocracia y las Corporaciones manejan la libertad que el individuo cree tener por contar en la Era de la Información con una tecnología veloz y cómoda para comunicarse sin importar las distancias. Supone que por portar un buen fusil defenderá la paz, o ganará la guerra.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel, allá por el año 1800, desarrolló el tema de la finalidad de la historia y del sentido de su dirección sin mencionar siquiera la lectura superficial o malintencionada como, equivocadamente, sostuvo Francis Fukuyama tras las caídas del muro de Berlín y de la Unión Soviética al declarar el final de la historia que, en países del mundo como el nuestro dónde más sobrevive este ideario, se conoció como La muerte de las ideologías.

En rigor a la más estricta verdad, tal enunciado es un apéndice del estudio principal que escribió Hegel de puño y letra en alemán antiguo.

Un histórico error llevó a Fukuyama a tener que disculparse luego por su interpretación parcial, no sin antes responsabilizar a algunos lectores por un razonamiento equivocado de su obra. Lo concreto es que una cosa es la finalidad de la historia (Hegel) y otra muy distinta el final de la historia (Fukuyama). Finalidad no es finalización sino propósito, en cambio, final de la historia, es final de la historia.

Lo importante para reflexionar ahora, me parece, es que la confusión y su posterior debate universal nacieron a raíz de la información y su modo de comunicarla. Por eso este hecho además de histórico, es referencial.

Ahora bien: si entre dos mentes brillantes de dos intelectuales de profunda influencia en dos siglos distintos - Hegel y Fukuyama - se produjo una confusión, o una desorientación, o al menos un aturdimiento respecto de una definición también por falta de suficiente información y método de comunicación, no resulta demasiado complicado colegir, a escala, qué efectos está generando en el rebaño el mismo vacío. Entonces no es extraño que las nuevas generaciones confundan libertad con virtualidad, solidaridad con conveniencia, o ayuda con especulación. La ausencia de una correcta información en una comunicación produce exactamente el efecto contrario al buscado. La comunicación inoportuna o la falta de estrategia para comunicar, también.

No siempre el silencio es salud.

"Somos dueños de lo que callamos", dijo Sigmund Freud.

Todavía estamos alertas por una pandemia de un bicho de mierda desarrollado en China que se hace el muerto pero se burla de la humanidad y nos saca la lengua, pero no quería dejar pasar esta sorpresa del nacimiento de una nueva criatura, el Homo cursor, que convive con el Homo sapiens en un mismo espacio pero corre más rápido potenciado por la más alta tecnología que ha creado el ser humano en toda su historia. Tengo para mí que esta nueva criatura ha venido para bocetar el escenario donde desde el advenimiento de la Internet nace, crece, se reproduce, y se desarrolla el humano hoy, el mismo que mañana podría ser referente, regir los destinos de un pueblo, ostentar poder desde su teléfono celular dándole enter a un sistema misilístico nuclear, o apretar el botón rojo del final, o ser el padre o la madre de nuestros nietos.

Así como la rueda llevó al hombre a lugares impensados para él antes de su invención, ahora la comunicación está creándole un mundo virtual sin pasado referencial, sin ejemplos, sin espejos donde mirarse. Y como el sapiens y el cursor están conviviendo en un mismo espacio, pelean entre ellos según la generación a la que pertenezcan, y la lucha es cada vez más encarnizada. De allí también la naturalización de la violencia cotidiana.

No son herramientas ni armamentos más poderosos de los que ya tiene lo que necesita el homo para mejorar su vida o no terminar a su antojo con la ajena, también necesita ejemplos, referentes, modelos. Deduzco entonces que este es el tiempo histórico de la vida en que el ser humano necesita nutrirse de los valores.

Aquí está el servicio.

Aquí está la obra a diseñar.

Qué más blando que el agua, qué más duro que la piedra. Y sin embargo la blanda agua cava la dura piedra.

Ha nacido en el conventillo de la Tierra el Homo cursor. Y como está desplazando al Homo sapiens, mi deseo es que Internet sea una herramienta y no un fin. Un método, no una filosofía.

Bienvenido al barrio, Homo cursor. Este es un tiempo problemático y febril donde el que no llora no mama y el que no afana es un gil. Ojalá tu naturaleza de correr por correr nos saque del mismo lodo donde vivimos todos revolcados. Lo veo complicado. Casi un hecho onírico. Salvo que dejés de correr por correr.


AGD

En la Córdoba de la nueva Andalucía,
lejos del mar, con algunos ausentes y
una esperanza en la mochila.
Que venga lo que tenga que venir y se vaya todo
lo que se tenga que ir.




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